El escritor y periodista gallego presenta El mejor del mundo, una novela que juega —entre otros temas— con la inquietante extrañeza de un protagonista que de la noche a la mañana se descubre a sí mismo en una versión diferente de su vida. Esta nueva obra, editada por Anagrama, constituye una más que apropiada excusa para charlar con él.
Fotografía: Laura Ortega
El mejor del mundo, Obra maestra… Quien no te conozca podría pensar (erróneamente, por supuesto) que detrás de esos títulos hay un escritor soberbio.
Soberbio en el sentido más bien de gilipollas, ¿verdad? Espero que no, por favor. Pero quién sabe. Es cierto que leídos sucesivamente los títulos, ambas novelas parecen apuntar a algo inalcanzable.
Un concepto muy importante en El mejor del mundo es el de la estirpe, esa línea vertical de la familia que para bien o para mal vincula a padres con hijos: apellido, expectativas, herencia de un negocio…
La idea era ahondar en el aborrecimiento que une a Antonio y su padre, y que alcanza una oscuridad que va más allá de lo que el lector logra averiguar, y el escritor incluso alcanza a saber. Porque pensémoslo: si el amor es uno de los grandes motores de la vida, el aborrecimiento en sus distintas modalidades (rencor, manía, fastidio, envidia…) no se queda demasiado atrás.
En una época en la que parece predominar cierta obsesión lectora por sentir una identificación con el o la protagonista de una novela, ¿se presenta como un reto apostar por un personaje central con tantos rasgos de antipatía?
Creo que el reto no era tanto crear un personaje al fin realmente antipático, como crear un personaje con rasgos profundamente odiosos, despreciables, pero que no resultase monocorde, sino complejo, poliédrico, y que en un momento dado, al verlo actuar de cierta manera, pienses que absolutamente despreciable no es, y en todo caso, al ir conociendo su historia, puedas no justificarlo, pero sí entenderlo.
Probablemente los lectores verán con otros ojos al protagonista a partir de la mitad de la novela. En efecto, El mejor del mundo se divide en dos partes bien diferenciadas y es en la segunda donde los hechos que ya avanza la sinopsis van a contribuir a una visión diferente de Antonio… ¿Dirías que más humana o más cercana?
Creo que conviven ambas visiones por la estructura de la novela, que alterna episodios del presente y episodios del pasado. Lo que pasa es que en la segunda parte, cuando advierte a la vuelta de su viaje por México que el mundo tal y como lo conocía ha cambiado inexplicablemente, asiste al descubrimiento de que tiene una historia personal diferente, y otro entorno, familiar, y social, y laboral, y que los demás poseen una opinión de él que no es de la que gozaba antes de ese viaje de negocios al extranjero. En definitiva, de pronto Antonio parece ser la bellísima, cercana, amable, reputada persona que nunca fue. Pero quizá solo aparentemente.
En esta novela se mezclan elementos totalmente reales (personas, lugares con nombres específicos de calles, negocios…) con una ficción muy imaginativa, por momentos delirante, si me permites el adjetivo. El sentimiento de descolocación resulta muy divertido.
Hay elementos que conectan esta novela con todas mis novelas anteriores, aun siendo muy distintas entre sí: la destrucción de los límites entre realidad y ficción. Aunque aquí funciona a muy pequeña escala, todo lo contario que en Obra maestra. El shock, el golpe de antirrealidad, el delirio, el disparate si quieres, que en efecto produce cierta dislocación, es el centro irradiador de la novela.
Nos encontramos ante un libro en el que, al moverse a través de dos mundos o dos realidades diferentes, se plantean las inevitables teorías y búsquedas de grietas o incongruencias que cualquier producto de ficción de este tipo suscita (véanse los libros o películas sobre viajes en el tiempo, aunque este no sea el caso concreto). Debe ser todo un quebradero de cabeza dejar bien atados todos los cabos, más si cabe teniendo en cuenta la forma en la que está estructurado.
Sí, fue un dolor de cabeza constante, quizás hasta que asumí era importantísimo no entender del todo lo que estaba pasando, y tampoco explicarlo en exceso.
Escribes columnas para prensa cada pocos días, con la dedicación y la regularidad que ello exige, y además estás viendo publicada últimamente una novela cada dos años. Es de suponer que hace falta mucha dedicación para mantener este ritmo.
Creo que es cuestión de organización y disciplina. Si piensas que un año tiene 365 días, y que una vez tengo una idea, y un plan, para mí es normal escribir tres o cuatro páginas al día, no resulta tan extraño publicar una novela cada dos años. Pero sí, la novela es un tipo de género que requiere obstinación, consagración, afán.