Elena Mesa: «Me siento atravesada por la experiencia humana desde un lugar muy particular»

Fotografía: Rafaelo Cabán Fotografía: Rafaelo Cabán

Collagista, psicóloga y autora literaria, Elena Mesa nos habla de su libro Sé morir, a través del que despliega una desgarradora historia escrita desde el punto de vista de un joven muy unido a su hermana y, al mismo tiempo, desunido del deseo de seguir viviendo.

Sé morir es un libro que no trae consigo la expectación, tan comercial a veces, del cómo termina —en este caso, el desenlace ya es sabido por la persona lectora desde un primer momento—, sino que se centra en dar a comprender el desarrollo psicológico del protagonista y sus reflexiones acerca de la voluntad de no vivir más; algo que, además, tiene un punto de partida real. ¿Cómo condicionó la construcción de tu escritura este planteamiento?

Creo que a la hora de escribir no siempre tenemos claro lo que va a suceder en el proceso, o tal vez tenemos esa ficción de control, pero la escritura misma te va mostrando los caminos que muchas veces no contemplas desde tu ego; aun así, siempre quise que la novela empezara con “el desenlace” porque no me interesa tanto la escritura desde la gran revelación, sino lo que pasa y se transforma en las historias, más allá de su final. Así que, si bien mucho de la novela se transformó en el camino, lo que se mantuvo siempre firme y fue una decisión muy consciente, consistió precisamente en acercarme a su protagonista y a sus reflexiones sobre la vida y la muerte. Partir de una historia real, y trabajar con material de archivo también fue importante para su desarrollo, mientras yo me acercaba a esto, iba construyendo el personaje, quiero decir que yo tampoco sabía cómo era, que lo fui develando mientras investigaba y escribía, porque, aunque parta de una historia real, poco sabemos realmente de los otros, aunque creemos que sí. Hay un verso de Pizarnik que siempre uso para decir que no me interesan tanto las etiquetas en la escritura, me refiero a hablar de autoficción, por ejemplo, lo uso porque las poetas siempre tienen las palabras correctas para nombrar las cosas importantes: «Aun si digo sol y luna y estrella, me refiero a cosas que me suceden». Esto para mí es la escritura, la ficción.

Vivimos un momento de inigualable profusión de narrativa escrita por mujeres, las cuales, en la gran mayoría de los casos, apuestan por protagonistas femeninas. Sin embargo, tú has optado para tu libro por una voz masculina en primera persona. ¿Cómo te sentiste explorando esta forma de expresión?

Me interesa mucho la expresión de las voces donde lo femenino está presente, con esto quiero decir que va más allá de ser mujer, o habitar un cuerpo de mujer. Comprendo lo femenino desde otro lugar, quizá por mis estudios en psicología Junguiana, entiendo que es una energía que habitamos todos, es un aspecto psíquico dentro de cada persona, y el personaje principal de la novela tenía ese aspecto femenino dentro suyo muy presente, quería exaltarlo, su manera de ver el mundo me mostró el tono que la novela necesitaba. En un primer momento estuvo escrita a tres voces; él, la madre y la hermana, pero en el proceso fui comprendiendo que la voz que reclamaba la historia era la suya. Por otro lado, ser testigo del momento actual de la narrativa escrita por mujeres me parece muy importante, en la novela están los personajes femeninos de la madre, la hermana, la vecina; pero, además, el eco de las violencias ejercidas sobre la mujer en ciertos contextos de Medellín, cosa que, además, sigue igual de vigente como hace veinte años cuando suceden los hechos que inspiran la historia.

Somos testigos, a través de las páginas, de cómo los dos hermanos fueron creciendo a destiempo y dejaron de ser niños de una manera abrupta y dolorosa. ¿Estarías de acuerdo con la afirmación de que Sé morir, sin llegar a serlo, tiene bastante que ver con las novelas de aprendizaje?

PortadaEs probable que sí, pero me gusta pensar que va más allá, en el sentido de que quería narrar violencias estructurales, no se trata solo de la vida y evolución del personaje, sino también de cómo a través de su historia miramos las historias de los otros, de una sociedad que ha naturalizado las diversas formas de la violencia, de una sociedad que aún mira el suicidio con distancia y temor, es una de las razones por las que decidí que no existiesen nombres propios, en algún punto creo que lo dicen: «No necesitamos ponerle un nombre a nuestra historia si la escribimos, porque es la historia de todos». Ha sido interesante escuchar de algunos lectores afirmaciones del tipo: se me parece a tal persona, o le podría poner nombre y cara a cada uno… Sé que lo hacemos todos con las historias que leemos, pero en este caso, cuando se hace una afirmación así, creo que en el fondo estamos diciendo: esto también me pasó, esto sigue pasando.

El ejercicio de escribir para expresarse es esencial para el protagonista y, de hecho, es así como el libro llega al lector, a camino entre un diario y un despliegue epistolar. ¿Tuviste siempre claro que querías para tu primera novela este enfoque, en lugar de una narración convencional?

Fue algo que apareció en el proceso; la escritura te muestra la forma en que la historia tiene que ser contada, me gusta estar atenta a los procesos de esta forma. Ursula K. Le Guin decía respecto a la construcción de sus personajes y sus mundos que no era una ingeniera, sino una exploradora. Y que por ello no sabía de antemano cómo eran esos mundos o esos personajes, sino que los iba descubriendo a medida que escribía. Amo esa forma de crear y me identifico con ella completamente. Una vez descubrí esto, sí tomé decisiones muy conscientes durante la escritura, quería homenajear de algún modo el diario real que tuve en mis manos y que se volvió material de trabajo, así que el libro está lleno de pequeños detalles que honran la memoria de la persona que inspira la historia, y traté de hacerlo de la manera más cuidadosa y respetuosa posible.

Y si la palabra es tan importante para el protagonista, tenemos el caso opuesto en la madre, silenciosa, incómoda y esquiva ante las preguntas de sus hijos. En general, el libro muestra a varios adultos entregados a ese silencio de dolor que se da en las sociedades violentas. Pero claro, todos los niños necesitan respuestas en muchos momentos de su crecimiento vital, ¿no es así?

Creo que todos, desde que somos niños y articulamos el lenguaje y aparecen esos primeros momentos donde somos ávidos a la curiosidad y queremos saberlo todo, estamos siempre persiguiendo preguntas y respuestas. En la vida adulta es igual, a veces con más o menos curiosidad, pero siempre hay alguna pregunta que nos atraviesa. En el libro específicamente, pese al silencio de los adultos, los niños, tal cual como lo hacemos todos, van construyendo esas respuestas, aunque nadie pueda dárselas, las imaginan y tratan de llenar esos vacíos con sus propias narrativas. Me parece fascinante esta cualidad de la imaginación, y en algunos casos, es un salvavidas. Incluso si la respuesta es la muerte, al final y al cabo, eso también es una respuesta.

De hecho, la familia en torno a la que gira esta historia vive —o incluso se podría decir que se ve atrapada— en un barrio de Medellín lleno de violencia, sin futuro y bajo una atmósfera asfixiante. Un entorno que marca por completo a todos los personajes y que, además, conociste de primera mano.

Es cierto que conozco este tipo de violencias de primera mano. He dicho algunas veces que lo único que tuve que hacer mientras escribía era recordar. Siempre he tenido una relación muy ambivalente con Medellín, me gusta pensarla de manera crítica a través de la complejidad que la habita, es una ciudad muy compleja. Ahora la miro con un poco más de distancia porque este será el cuarto año que no vivo allí, pero allí siguen viviendo mis grandes amigos y mi familia, también creo que algunas distancias nos acercan mucho más a los lugares de donde somos. Hay algo importante en esta complejidad y creo que también lo aborda la novela, aún en contextos así, hay mucho con lo que se sostiene la vida, en este caso el amor entre hermanos es un gran sostén, tal vez el único. Y eso creo, es mucho más importante que la violencia.

El libro contiene, en su tramo central, diez páginas de collages hechos por ti. Esta es otra de tus facetas como artista, ya que no eres únicamente escritora.

Me interesa mucho explorar otros lenguajes; conocí el collage en Medellín trabajando con una amiga artista plástica, viajamos por Colombia haciendo talleres de collage combinando la psicología y esa experiencia me acercó mucho más a esta técnica. Desde ese momento me he dedicado a hacer collage analógico principalmente y es un lenguaje que hace parte de mí. Entre los detalles que quería homenajear del material de trabajo que tuve durante la novela, estaba el hecho de que existió un diario real y el silencio. Comprendí que, si creaba un diario de imágenes, podría acercarme un poco a la sensibilidad que atravesaba el personaje. También quería explorar ambos lenguajes juntos (el collage y la escritura) porque siempre los he trabajado por separado. Preparé muy bien el material de los collages, es difícil ver estos detalles en un libro impreso, pero cada elemento seleccionado fue pensado con meticulosidad; las revistas, viajes y sus fechas, las hojas secas y prensadas, etc. También fue un proceso nuevo e intenso, porque nunca antes había hecho collage con esta precisión o control, generalmente son creaciones más intuitivas, jugué a que el personaje los creaba, así que no se “debían” parecer a mis collages, fue un proceso divertido y lleno de sentido.

Estudiaste Psicología y ejerciste la profesión durante bastantes años. ¿Crees que esa experiencia, por la manera de analizar la mente humana que brinda, ha sido y será determinante para ti a la hora de construir personajes como autora?

Absolutamente. No tanto el hecho de estudiarla, sino de ejercer como psicoterapeuta durante diez años. Creo que haber estado ahí y poder acercarme a muchas historias y ser testigo de cómo esas historias se transforman, ha iluminado mucho mi camino creativo. Son reflexiones que me llegan con el tiempo. Ya no ejerzo como psicoterapeuta y por ahora es algo que en mi vida ya no contemplo, pero me siento atravesada por la experiencia humana desde un lugar muy particular y todo lo que una es o ha sido le sirve para escribir. A veces creo que hice esto para después escribir mucho mejor. Mucho mejor solo quiere decir, para acercarme con profundidad y honestidad a mis personajes.