Sobre El librero de Macondo (Fundación José Manuel Lara, 2026), XXIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2025.
Has escrito sobre Errol Flynn, Asja Lacis… y ahora sobre la relación entre Ramón Vinyes y Gabriel García Márquez en tu novela El librero de Macondo. ¿Buscas a los personajes o ellos vienen a ti?
Creo que los elijo yo, pero es al revés. No busco personajes: tropiezo con algo que no me encaja y necesito saber por qué. Me pasó con Errol Flynn, con Asja Lacis y ahora con Ramon Vinyes. En El ecuador de Ulises seguí a Flynn por la Mallorca de los años cincuenta, cuando fondeaba aquí su velero; en Asja conté la vida de una directora de teatro letona que fue mucho más que la amante de Walter Benjamin y pasó diez años en un campo soviético. Con Vinyes fue aún más raro: hace una década ni sabía que existía y hoy lo comprendo mejor que a algunos de mis familiares. Es el librero de Berga al que García Márquez convirtió en «el sabio que había leído todos los libros» de Cien años de soledad. En El librero de Macondo hay una novelista que los persigue a los dos, a Vinyes y a García Márquez, hasta la obsesión. Esa soy yo. Y de tanto seguirlos acabé sabiendo más de mí que de ellos.
¿Cómo eliges a los personajes sobre los que escribir? ¿Qué tienen que tener para que atraigan tu atención?
Tienen que ser incómodos y estar medio olvidados, y me atraen los que pagaron caro no ser hipócritas. A Vinyes lo expulsaron de Colombia en 1925 por denunciar en la prensa el caciquismo y la violencia, y acabó hecho un cascarrabias de tanto decir lo que pensaba. Asja Lacis quiso ser libre en la Europa de Hitler y Stalin, y le costó el gulag. Flynn, bajo el mito del galán, era un hombre frágil y siempre insatisfecho. Con ellos hago lo mismo que conmigo: no los mitifico. En El librero de Macondo no protejo ni al García Márquez veinteañero que consume prostitución, ni a Vinyes, un maestro homosexual atrapado en su matrimonio, ni a mí misma. Y que elija a gente olvidada tiene su explicación: vengo de una familia que hablaba poco, chueta por parte de madre y de minero muerto de silicosis por parte de padre. Escribo sobre los que no han tenido voz.
El librero de Macondo ha ganado el Premio Ciudad de Badajoz 2025, ¿qué ha significado para ti?

Sobre todo, que diez años de trabajo han servido de algo. Publiqué mi primera novela en 2010 y después otras tres, sin presentar ninguna a ningún premio; me llevaron mucho menos tiempo que esta, quizá porque eran otros personajes y otra clase de libros: cada novela es un mundo. Con esta decidí probar, y ganó el primero al que la mandé. En estos años he oído demasiadas veces que lo importante es pertenecer a las capillitas, dejarse ver, tener apellido o padrinos. He visto de cerca a gente tragarse sus principios por un hueco en Sant Jordi o en la Feria del Libro, mentir y mentirse por salir en la foto, en vez de escribir. Un jurado como el de Badajoz —Luis Alberto de Cuenca, Juan Manuel de Prada, Espido Freire, Paloma Sánchez-Garnica, Manuel Pecellín, Ignacio F. Garmendia— leyó la novela hasta el último dato documentado y dijo que sí. Es decir: se podía llegar sin pasar por nada de eso. Y eso, después de años de hacer cola en los bancos de alimentos y de trabajar de peón de limpieza sin soltar la novela un solo día. Me dio aire, y ganas de seguir. La Fundación José Manuel Lara la publicó el 6 de mayo; dos días después, Vinyes habría cumplido 144 años.
¿Te sigue apasionando escribir?
Más que nunca, aunque «pasión» se queda corto: empecé a escribir de niña para no sentirme sola y nunca he sabido parar. Para seguir escribiendo lejos de Mallorca, durante los veintiocho años que viví en Barcelona tuve bajo la mesa de trabajo una bandeja de gato con tierra mallorquina, mi Macondo portátil, y la pisaba descalza cuando la echaba de menos. Tampoco paré en la pandemia: sin trabajo ni biblioteca ni internet, con un adolescente a mi cargo y desahuciada, reescribía dormida y despierta. No escribo por inspiración, sino por insistencia: me empecino, releo y corrijo hasta que funciona. Y me obligo a cambiar de terreno —hace poco me formé y escribí teatro— porque un género nuevo me da miedo y curiosidad a la vez, y ahí es donde aprendo. Vinyes murió en 1952 leyendo en la cama, todavía con ganas de descubrir autores y de estrenar más teatro. Yo quiero acabar así.
Después de tantos años de carrera, ¿qué le dirías a tu yo joven, la que empezaba?
Poco, porque la Roser de veinte años no me habría hecho ni caso. A los siete ya decía que quería ser escritora, seguramente porque escribiendo sí podía decir cosas, en una familia donde muchas no se decían. Tiré adelante gracias a los libros y a algunas mujeres. En primaria me dieron un premio de poesía, y con él un lote de libros; recuerdo los sonetos de Shakespeare. Una profesora cubana, Nancy Matamoros, me hizo feminista. Y en las escritoras busqué la madre lúcida que me faltaba: Elizabeth Bishop, Sylvia Plath, Ana María Moix, el humor de Szymborska, la rebeldía de Louise Bourgeois. Ya en la facultad gané el Premi de Narrativa Sant Jordi de la Universidad de Barcelona, con Joan Perucho en el jurado, mientras estudiaba, trabajaba y criaba a mi hijo.
Mi abuelo Miguel, que montó un cine en Algaida y mandaba guiones a Hollywood firmando como Michael Smith antes de rendirse y hacerse agente de seguros, me regaló a los nueve una Olivetti gris, un ejemplar de Cien años de soledad y un encargo: «A ver si algún día escribes algo así sobre nosotros». Tardé más de media vida en entenderlo. Así que a esa chica le diría lo único que ha resultado ser verdad: persevera, no tengas prisa, lo entenderás escribiendo. Porque todo el mundo es sabio hasta que se sienta a escribir.
Ahora parece que el oficio de escritor o de periodista está en peligro, ¿crees que cosas como la IA lo afectarán sin remedio? ¿Qué se podría hacer para preservarlos?
El oficio lleva en peligro desde que existe; lo que cambia es la forma de la amenaza. La inteligencia artificial es una más, y no sé si podrá con él, pero sé lo que no puede hacer: no puede dedicar diez años a una novela, ni documentarse en los álbumes de sus bisabuelos, ni quedarse sin trabajo, ni perder la casa. El valor de un libro no está en las frases bien hechas —eso lo imita cualquiera—, sino en las horas de vida que hay detrás de cada una. Una máquina puede sonar como yo; no puede haber sido yo. Me preocupa más otra cosa: salen tantos títulos cada mes que lo valioso queda enterrado, y las editoriales pequeñas, que suelen ser las que más arriesgan, apenas tienen medios para llegar al lector. Frente a eso, lo de siempre: pagar por lo que leemos, recomendarnos libros de viva voz, enseñar a leer de verdad, tener criterio propio y no confundir la velocidad con el talento, porque un buen libro tarda lo que tiene que tardar.
¿Estás trabajando en algo nuevo ya?
Siempre tengo varios frentes abiertos. Intuyo que lo próximo será un ensayo, pero no lo sabré hasta que le ponga el punto final; hasta entonces no me fío ni de mí. Escribo mentalmente a todas horas, haga lo que haga. Dirijo y presento L’illa sense calma en Ona Mediterrània, donde converso con gente de disciplinas muy distintas que usa la cultura para señalar desigualdades; hago performances literarias, como Hilo de voz en Ibiza; y acompaño a otros autores como sherpa editorial en Cafè de lletres. Y trabajo de administrativa a media jornada: es lo que me permite dar prioridad a la escritura sin pasar hambre.
Y a quien llegue hasta aquí solo le pido una cosa: que le dé una oportunidad a El librero de Macondo. Está en las librerías y en las plataformas de siempre. Leer no es una manera de tener razón, como en Twitter o en los foros, sino de hacernos preguntas juntos. Esta novela cuenta la amistad entre un García Márquez que empieza y un viejo librero que lo escuchó cuando nadie lo hacía, y de paso explica por qué escribo. Ojalá os guste.